Los cuatro puntos cardinales son tres: el Norte y el Sur.

sábado, 31 de diciembre de 2016

Cenerentola



Fotografía, Ícaro





Se postró de espaldas, con el rostro frente al mío.

Me dió su nuca.

Le dí mi aire... íncreiblemente hermosa, inalterable, atemporal.... permitió que mis palmas recorrieran todo el volcán de su belleza dormida. Perfilamos con el roce, sin apretar, sin anudar... recorriendo cada mapa invisible que nacía entre el jadeo de un suspiro y el gemido del silencio. Cada recoveco que presumía de adormilado, cada poro que manaba en fuente de vida. Cada lazo que crece de la complicidad.

Se dió la vuelta, al trasluz. Entre la gasa de aquella cortina blanca y el aire que perfumaba la corriente... el pestillo baldado. Vencido. Todo se inquietaba.

Me dió sin el derroche de lo recíproco, a destajo.. entre sus latidos y los míos. Sin música predispuesta, con el sonido nervioso y crepuscular de todo aquello que brota sin caducidad ni opacidad... el felpudo que sólo recibe a quien quiere y los pasos que se acercan por deseo, no por costumbre...

Le dí mi sorpresa, ajeno a que aún, sin esperar nada a cambio... se encuentra lo más insospechado del olvido.. descubrir la cercanía en la invisibilidad, la transparencia en las costuras. Aquella filigrana que como un tirabuzón alegre despierta cuando percibes que lo profuso era padre eterno. Y que ahora, viudo de penas, despierta al conocimiento, a ambos. A un descubrimiento sin velas.. de cera que se derrite al roce.

Me abrió sus muslos. Durmió su sangre. Y convulsa, se dejó zarandear como cuando una pared desnuda troquela la carne trémula, caliente, azarosa que la azuza hasta el deliquio. Y allí en aquella alcoba donde Dorothy Parker hubiera musitado viejas palabras que nacen de lo que nunca se escapa de la jaula lunar...

Cenerentola, me atiborro de acordes táctiles, de sonidos imperceptibles, de besos robados, de formas opulentas y desde su fondo voluptuoso...me volvió a entreabrir, a abrir sus muslos, sus ingles, sus labios.... como una ostra fresca hambrienta de gotas de limón anegando sus deseos...de gotas de leche cuajando su excitado nerviosismo...

Fermentaba su rubor.

Lechosa y emocionada. Aquella lluvia de Nuraghe era blanquecina... hija de Mador y dueña del Sudor. No esperaba más, ni deseaba menos.

Que cayera resbalando, sin detenerse, que sembrara sin fruto... sólo el seseo, el dulce seseo de dejarse resbalar hasta donde las manos resisten...

Y allí, recién llegados al nuevo mundo empezamos a pintar con los labios lo que los dedos recorrían, donde las frías noches de invierno son hijas de la Inspiración, Cenerentola se acalló para dar rienda suelta a lo abstracto y racional de Ida, a los matices de Arcimboldo. Turbábamos en ese punto donde uno sabe, siente, percibe que aquello deja ser casi humano y se convierte en mágico, en único, en tan especial que atormentará después....cuando el recuerdo subyuga a la espera. Rememorar, como cuando la cáscara de una nuez navega en el océano del paladar.

El vinilo crujía y los adoquines de Sassari a lo lejos cruzaban charcos, como si Modigliani bajara sus pestañas para toparse con el iris de Hebuterne... Cenerentola, sin grandilocuencias, sin jabones ni perfumes... al natural colmaba, rebosaba y deslumbraba las pocas luces que de madrugada nadie ve... Indemne a las horas altas de tacones descalzos. Era, es turbadora.

Y así, mientras los silencios despertaban a la duermevela, descolgó dos viejos cuadros, se sentó sobre unos libros y con una sábana arropó su hermoso cuerpo cual fular de nubes sin hijas...agazapando lo que se entreve al trasluz de lo rotundo.

....se apoyó sobre los dedos de sus pies...y sus gemelos tensos, blancos.. invitaban a ser vistos desde la copa de sus hojas... a ser el viento que los mueve, remueve... a ser lluvia nacarada e inventar el río de la vida... A nacer un nuevo gozo, una nueva forma. Una cuna sagrada de emociones y sentimientos.

Se soltó el pelo.

Su corto pelo castaño... se recostó sobre un baúl y reclinó su nuca sobre aquel ventanal, levantó su mano y con su mirada encontró lo que la mía buscaba.

Me preguntó:

- ¿Qué hacemos con los cuadros...?

Aquí no pegan.

Y les dimos la vuelta.

Cara a la pared.

Castigados y sin garbanzos bajo las rodillas.

Comulgamos a la adivinanza del acertijo más ancestral.

Y comprendimos que cada mirada entiende lo que desea encontrar....sin ser vista.

...sin preguntas, no hacia falta respuestas.

Cenerentola... empezó a jugar con sus dedos, con sus sienes y el laberinto de sus primeras canas, su mechón rubio, a jugar sin cepillo...ni cuerdas. A mesar lo que sin pedir se desliza, a contemplar lo que no tiene cuerpo, ni tiempos. A señalar donde se escapa la razón...

Y allí, la miel cubrió de su peculiar ritmo lo que pocos conocen.

Cuando hace frío... gotea densa... casi tortuga voladora... para tocar la blanca espera; cuando hace tanta calor... se evapora para enroscarse y mezclarse con el agua corporal de los sentidos, de los deseos. Pero perdura. Siempre perdura.

La miel es el más sabroso de los mejunjes.

Cuentan que nace del laborioso panal.... pero no saben, que nace de donde menos lo esperas.

Del ancestral lugar donde todos nacimos.

Cenerentola, imperturbable, radiante... se untó las yemas y me dió de comer.

Teníamos hambre, tanta que la sed se olvidó de nacer.


Ícaro©